ESTAMPAS DOMINICANAS>
"Érase una vez…

Painting by Chris Thomas www.caribbeanpaintings.ca/

Érase una vez, hubo una época en que la gente construía sus propias casas, cultivaban sus propios alimentos, elaboraban manualidades para su uso o para uso de su comunidad. Hacían proyectos juntos.

Esa fué una vez. El ritmo de vida era simple y lento. Se disfrutaba cada etapa del día. Las alboradas, los atardeceres, las madrugadas, entre trabajar, dormir la siesta, a media tarde un té o café, en la noches las serenatas...

En esa época me quedé yo, ahora con mis años y mis memorias me remonto a ese entonces. Sé que no puedo vivir en el pasado que se fué, pero “el hombre sin pasado no tiene futuro”, no me puedo estancar en esos pensamientos, porque sé que no se puede vivir solo de nostalgia por lo vivido.

- ¿Pero que estoy pensando si mis recuerdos son los que alimentan mi espíritu, para sobrevivir en este mundo, donde tantas cosas  han cambiado?

 

 Déjame cerrar los ojos y acomodarme bien en mi mecedora. Así piensan que estoy dormido. No saben que ando rebuscando en mi alfombra voladora mis vivencias. Voces, murmullos, el ruido de los carros, los motores, cada vez me voy alejando, se  desvanecen esos bullicios que entorpecen el comienzo de mi viaje imaginario.  

 

Allá me veo en frente del bohío de mis padres, mis abuelos aun viven, tengo tíos, primos, hermanos, amigos… “Una palvá de muchachos” - como decía mi vieja. Entre deambular lejos de los adultos recorriendo el potrero y el conuco, podía ser yo mismo. Amontonaba unas cuantas mazorcas del maizal, para los pollos. Llevaba los becerros de un lado al otro del corral. Y en otras tareas más se me iba el día.

 

No iba a la escuela, por lo menos aprendí a escribir mi nombre, y otras letras más; siempre me dormía, la escuela era chiquita, sombría, un pizarrón y unas cuantas sillas,  si alguno llegaba después de comenzar la clase, tenia que traer una silla de su casa. Ahí andaban en los trillos con sus sillas de guano en la cabeza y un cuaderno encima.

 

Lo mío era el campo,  lo que llenaba mi vida. El trinar de los pájaros, el canto de un gallo, la insistencia de la lluvia, el corretear del arroyo, el olor a cuaba, el café recién colado…

Comer plátanos verdes zarazos (a medio hervir) con un chin de aceite  por encima. Un jarro de chocolate caliente, tomar agua de la tinaja, hacer buches de gofio, hartarme de mangos, de guayabas,  champola o una limonada. Oler el cundeamor, comer hojas de tamarindo, saborear el agua de coco nuevo. Tomar leche hervida con un pedazo de arepa. Sin mencionar más las ricas comidas criollas que preparaba mamá en leña.

 Corretear las gallinas y atrapar mariposas, cucullos y luciérnagas. Jugar con piedras chatas, cucutear los panales de avispas y después salir corriendo al arroyo por si me perseguían algunas, zambullirme en el agua. Deslizarme en una yagua por alguna barranca, hacer muñequitos de lodo cuando llovía, con mi tira piedra tirarle a las ranas sin que papá me viera. Lanzar un maco pempen  con fuerza de loco y escuchar como sonaba cuando caía con un sonido mudo. Amarrarle unos cuantos higüeros del rabo algún caballo y verlo correr como loco en medio de la noche.

-“Para lo que te tienes que comportar como hombre te comportas como niño, y para lo que te tienes que comportar como niño te comportas como hombre”.  - Eso me decía papá – “tienes que aprender un oficio para ganarte la vida”. Sin él saber que yo era un curioso, y disfrutaba mis abriles.

 

Pasaban mis años metido en ese campo, en el refugio que era mi familia, los cuales venían siempre los de fuera, los de cerca y entre carcajadas preparábamos entre todos un convite familiar donde era un agasajo para mi alma, escuchar historias, cuentos, carcajadas, con música de guitarra, tambores y bailes…

 

Seguimos progresando con las cosechas, hasta que nos mudamos más cerca del pueblo. Nuevos comienzos, nuevos inventos. Un radio de tubo trajo papá de la capital. Una novedad sentarnos como sonsos en las noches alrededor del radio, y escuchar las transmisiones en vivo que hacían de música y cuentos. Hasta que se calentara el radio, el cual había que apagar de vez en cuando. La luz era pobre, apagábamos todos los bombillos en las noches después que papá nos compró  un televisor de tubo también. Ya no era un bohío de cana. Esta nueva casa estaba techada de planchas de zinc.

 Ahí seguían de nuevo mis travesuras, en tirar piedritas en el día para oír como sonaba el zinc, o de subir un maco a media noche y saltando en el techo papá se levantaba con una correa y me encarrilaba -“muchacho tan bellaco”, hasta que terminábamos los dos muertos de risa.

 

Allá se quedó el bohío mas retirado en el campo. Ya era una travesía diaria la que hacía, llegaba con cadillos en los pantalones por meterme en otras parcelas a marotear mi recorrido. A veces me subían en un mulo llevando el arado, en el cual iba silbando algunas canciones. Un burro me mordió una vez por andar jalándole el rabo…

Ya no sabían que hacer conmigo, ya con mis 12 abriles cumplidos mi papá me buscó un oficio, habló con un amigo zapatero para que me enseñara a clavar tachuelas, cortar suela, o hacer algo que me sirviera de sustento, porque el no me veía mucho futuro por bellaco.

 

Ya mis días eran otros, entre gente, vecinos. El humo del cachimbo de mi maestro zapatero, entre el olor del cemento, la suela y hasta las herraduras que a veces arreglábamos, pasaban mis días, sin darme cuenta me hice hábil con el oficio, ya hacia zapatos, correas, carteras y aprendí a inventar mis propios diseños. Ya era más exigente conmigo mismo en hacer las cosas bien. Tuve que aprender más de letras, en las noches tomaba clases en la escuela, compraba algunos libros, historias, instrucciones, puliéndome de todo lo que fuera el mundo artesanal de los zapatos.

Ya no dábamos abasto en la zapatería, ya teníamos orden por encargo, poco a poco fui utilizando más la mente que las manos, ya tenia otras ideas de ampliar mis conocimientos. Poco a poco ya tenia un establecimiento, papá me ayudo con los gastos, ya estaba contento conmigo, del oficio que me encargó, lo llenaba de orgullo cuando en algún periódico habían fotos de mis diseños. –“ese es mi hijo” repetía. –“tan bellaco que era”.

 

Pasaron los años, me establecí ya con un negocio del cual dependía mi familia y mis hijos. Hoy tengo nietos bellacos  los que ahora me despiertan  de repente de mi viaje imaginario, para que corra con ellos detrás de los caballos.  

 

 

Esmirna Rivas ©2008

 

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*Comentarios: esmirna@dominicanflave.com  

 Es bello ante Dios reconocer nuestras debilidades, y sinceramente que en mi una de ellas es cuando veo, se me habla o leo estas cosas que me llevan al recuerdo que vive en lo mas profundo de mis entrañas, tu no te imaginas lo que siento en mi interior cada vez que impartes estas cosas atravez de esta pagina, es por eso que estoy seguro que la bendicion de Dios esta, y estara siempre sobre ti. A la verdad que me llevaste muy lejos al recuerdo de mi propio padre cuando me cogia la medida de los zapatos con un pedazo de tela o con un fleco de guano, o sino con un pedazo de hoja de platano seca. Sinceramente que me rei y hasta lagrimas brotaron de mis ojos, pero no de tristeza, sino de regocijo o satisfaccion por traerme al presente el pasado que lleno mi vida de tantas cosas lindas. i que pena que no se puede volver atras !. Gracias Esmirna.
 
Hasta Luego,
 
Manuel Marzo 22, 2008

 



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